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DESPUÉS de toda una vida de trabajo y sacrificio, ahora le ha llegado el momento de disfrutar. Un café a media mañana, un paseo, los nietos y, ¿por qué no?, el deporte. Todo lo encuentra en la Reserva del Higuerón, su sueño hecho realidad. Cuando Guillermo Rodríguez echa la vista atrás no olvida los malos momentos, los mismos que le han valido para encontrar los buenos. Lleva bien la jubilación, pero no sabe estar parado. De hecho, nunca lo ha sabido.
Nació en 1934 en Porriño (Pontevedra). No fue un niño precisamente tranquilo. Más bien todo lo contrario. «Donde había peligro, allí estaba», bromea. Todo el ímpetu que ponía en meterse en líos le faltaba para aplicarse en la escuela. Nunca fue un buen estudiante. Siempre le tiraron más el negocio familiar -una fábrica de maderas fundada por su bisabuelo- y el deporte, que por aquel entonces, en plena posguerra, era su principal distracción.
La inquietud que siempre le ha acompañado le llevó a crear un equipo de fútbol con sólo 15 años. Se llamaba Fortuna y con él hizo sus pinitos en la liga de Vigo. La pasión por el balón la compaginaba con el trabajo en el aserradero, donde apenas cobraba diez pesetas. El futuro no era muy halagüeño, por lo que necesitaba dar un giro a su vida. Pero había un problema: el servicio militar. Ni más ni menos que 18 meses de su vida que Guillermo «no estaba dispuesto a desperdiciar». Por eso, con 19 años, se marchó a Venezuela. Allí debía pasar seis años, el tiempo necesario para poder librarse de la mili.
Tenía que aprovechar el tiempo, y vaya si lo hizo. Fijó su residencia en El Tigre, una localidad del estado de Anzoátegui (al noreste del país) rica en petróleo. Empezó a trabajar en una imprenta, aunque en cuanto ahorró lo suficiente montó su propio negocio: una carpintería. «Las cosas iban bastante bien», recuerda. Tanto, que acabó convirtiéndose en constructor. Se hizo su propia casa, luego un chalé... El negocio iba como la seda, al igual que el motor del Austin de dos carburadores y ocho cilindros que se compró. Un deportivo idéntico al que sus dos hijos, Guillermo y Javier, le regalaron por su septuagésimo cumpleaños. No lo usa demasiado. Y eso que le fascina conducir, sobre todo si es para visitar Galicia o para presenciar un musical en Madrid.
Educar a través del balón
Durante su etapa latinoamericana no abandonó su pasión por el fútbol. Apuntaba buenas maneras, hasta el punto de que llegó a jugar en la selección del estado. Pero el balompié le permitió abrir otra puerta mucha más enriquecedora, con la creación de un club de Acción Católica. «Cogíamos a niños del barrio y, a través del fútbol, los enganchábamos para que se pusieran a estudiar», explica orgulloso.
Todo iba sobre ruedas, pero pasaron los seis años de rigor y el joven gallego regresó a casa. A los pocos meses compró el aserradero familiar. Pero otra vez se cruzó el fútbol. Volviendo de disputar un partido, pararon en Figueiró. Allí se encontraron con un grupo de chicas, pero este chico delgado, recién llegado de Venezuela, sólo tenía ojos para una: Mary Luz. «A los dos años nos casamos y hoy aún seguimos luchando juntos». Guillermo y Javier no tardaron en venir al mundo. ¿Quién le iba a decir entonces que los tres trabajarían juntos?
En aquellos tiempos, Guillermo tenía en la cabeza montar una fábrica de parqué, pero con la aparición de la vivienda protegida lo vio claro: el negocio estaba en la construcción. El tiempo acabó dándole la razón, pese a que los comienzos no fueron precisamente fáciles. Cuando por fin lograron levantar el vuelo, un brote de asma de su hijo mayor y los primeros síntomas que mostraba el pequeño obligaban a cambiar de aires. «Ese verano, en nuestras primeras vacaciones en familia, conocimos Benidorm». No les pareció un mal sitio para vivir, pero prefirieron esperar. Al año siguiente, también en coche, llegaron a Torremolinos. Mientras todos descansaban en el hotel, Guillermo entró en una inmobiliaria y compró un solar en Fuengirola. Corría el año 1973, en pleno 'boom' turístico en la Costa del Sol. Construyeron un edificio de 56 apartamentos, pero a la hora de venderlos llegaron los problemas. «Nos pilló la crisis del 77 y no vendíamos ni uno», narra mientras recuerda cómo su esposa se puso a estudiar inglés para hacerse cargo de la oficina de ventas. Al final, el alquiler de los apartamentos a un hotel les salvó de la quema. Lo peor ya había pasado, aunque «en economía, las crisis van y vienen».
Fuengirola
A partir de entonces, Guillermo se dedicó a invertir en terrenos. Pero también a implicarse en la vida de Fuengirola, creando un club polideportivo para 600 niños y, más tarde, convirtiéndose en presidente fundador del Club Náutico.
Rememora con cariño esas tardes en las que caminaba por el monte para disfrutar de las espectaculares vistas del litoral. Siempre deseó hacerse con esa parcela, y finalmente lo consiguió. Hace unos años se gestó Reserva del Higuerón, un complejo residencial asentado entre Fuengirola y Benalmádena convertido en emblema del grupo inmobiliario. Por aquel entonces, Guillermo ya iba dejando paso a sus dos hijos, licenciados en Arquitectura por la universidad californiana de Berkeley. A ninguno de los dos les convencía demasiado la idea de urbanizar esos terrenos, pero la tenacidad de este hombre no tiene límites.
«Ahora estamos gozando», comenta Guillermo, que siempre encuentra tiempo para leer. Cada día se empapa de la actualidad con dos periódicos y acaba de terminar la novela 'Mundo sin fin', de Ken Follett . Ya no juega al fútbol, pero sí al pádel. Además, siempre acompaña a sus hijos a practicar la vela. «Si a ellos les gusta, no puedo quedarme atrás». Tanto, que en noviembre se va a embarcar en la aventura de cruzar el Atlántico a bordo del 'O'lixeiriño'. Todo vale si es para pasar más tiempo en familia. Y si no, que se lo digan a Mary Luz, que es la que tiene que lidiar con los nietos. «El mayor tiene 13 años y el pequeño dos. Estamos encantados de la vitalidad que tienen, pero cuando se juntan los seis en casa es una fiesta», afirma. De tal palo, tal astilla.
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